viernes, marzo 12, 2010

martes, junio 05, 2007

LA CIENCIA DE CARLANGA[1]

¿Usted me ha visto caminando por la calle? ¿Tal vez borracho, dice? ¿Además agrega que me vio alborotado, bailando al son del reguetón y otros ritmos del momento?

Cuidado con esta afirmación, pues no es lícito hacerla así en absoluto. Lo que vio usted no es a Carlanga sino una sucesión de imágenes coloreadas que se mueven sobre un fondo estacionario. Estas imágenes, por medio de los reflejos condicionados de Pavlov, trajo a su cerebro la palabra “Carlanga”, y por eso dice usted que vio a Carlanga. Pero otras personas, mirando desde sus ventanas, o tal vez reunidas en el mismo lugar que usted, con diferentes ángulos, vieron algo diferente, debido a las leyes de perspectiva; por consiguiente, si todos vieron a Carlanga, debe haber tantos Carlangas diferentes como espectadores hay, y si hay un solo Carlanga verdadero, la vista del mismo no es permitida a nadie. Si aceptamos por un momento la verdad del hecho que nos proporciona la física, explicaremos lo que llama usted “ver a Carlanga”, con los siguientes términos: Pequeños conglomerados de luz llamados “quanta de luz”, salen disparados del sol (o de los faroles), y algunos de ellos logran llegar a una región donde existen átomos de un cierto género, que forman la cara, las manos y la vestimenta de Carlanga. Estos átomos no existen por sí mismos, sino que son sencillamente una manera compendiada de aludir a acaecimientos posibles. Algunos de los quanta luminosos, cuando chocan con los átomos de Carlanga, trastornan su economía interna. Ello es causa de que resulte su piel tostada y se produzca vitamina D. Otros son reflejados, y de éstos, algunos penetran por vuestros ojos. Allí causan una alteración complicada de los bastoncillos y los conos, que a su vez engendra una corriente a lo largo del nervio óptico. Cuando esta corriente alcanza el cerebro, produce un resultado. El resultado que produce es “ver a Carlanga”. Como es evidente por esta exposición, la conexión entre el “ver a Carlanga” y Carlanga es una conexión causal, remota e indirecta. El verdadero Carlanga, mientras tanto, permanece envuelto en el misterio; podría éste haberse encontrado pensando en lo sucia que estaba su chaqueta o en quién habrá dejado en mal lugar el vaso que acababa de voltear en el piso: estos pensamientos son Carlanga, pero ciertamente no son lo que usted ve.

Es así que, la próxima vez que afirme usted que me ha visto en determinadas circunstancias, haciendo tal o cual cosa, piénselo con calma: podría estar poniendo en entredicho el Método Científico.


[1] Extraido parcialmente de Russell, Bertrand, La perspectiva científica, Ariel, Barcelona, 1969.



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viernes, febrero 02, 2007

Decididamente, no sé aprovechar las buenas oportunidades cuando las tengo frente a mí. Sé reconocerlas, pero hay una razón que explica por qué sigo escapando de ellas: es porque soy un imbécil. ¿Y qué es un imbécil? Veamos, pues, qué dice el Diccionario de la Santa Real Academia Española de la Lengua Española:

imbécil. (Del lat. imbecillis). 1. adj. Alelado, escaso de razón. 2. adj. p. us. Flaco, débil.

Helo ahí. Soy un imbécil en el amplio sentido de la palabra. Excepto por lo de flaco. Eso no lo soy. Fui flaco durante mucho tiempo varios años atrás, por lo que tengo el consuelo de saber que probablemente ahora soy menos imbécil de lo que era antes. Bravo. Ahora soy un gordo imbécil, permítaseme el contrasentido. También puedo consolarme en el hecho de que no soy el primer imbécil que camina por la faz de la tierra. Eso lo sé porque, como indica la definición diccionárica, la palabra imbécil viene del latín, lo cual me lleva a la suposición de que en tiempos de los antiguos romanos existió algún sujeto de razonamiento tan lamentable, que su círculo social hubo de inventar una palabra en particular para referirse a él y a su ridículo proceder. Pobre hombre, aquél.

Ahora bien, los estudios científicos a partir de la segunda mitad del siglo pasado han sacado a la luz algunos datos que se han vuelto fundamentales para entender la imbecilidad. Primero, se ha determinado que se trata de un defecto genético, lo que echa definitivamente por tierra la creencia antigua (proveniente de los romanos) de que se trata de una enfermedad contagiosa. De ahí que haya hoy mayor conciencia respecto al trato que se le da al imbécil, permitiéndosele que participe activamente en la sociedad, que pueda estudiar y trabajar, e incluso que forme una familia, aún bajo el riesgo de que sus hijos hereden el defecto. Un dato curioso es que podemos encontrar hoy en día algunos imbéciles que se han dedicado a la labor artística, lo que explica el bajo índice de natalidad de genios del arte, en contraste con épocas fructíferas como el Renacimiento. Un segundo dato relevante es que la imbecilidad se da en mayor medida en los hombres que en las mujeres, a la vez que se ha podido comprobar que existen distintos niveles de intensidad del defecto.

La filosofía tampoco escapa de un tema tan fundamental como este. La famosa “Paradoja del imbécil”, planteada en el siglo XVII por Descartes (“¿Por qué un imbécil no aprovecha las oportunidades que se le presentan? Pues porque es un imbécil”) es una muestra de la dificultad que implica tratar con la imbecilidad. Sigmund Freud, en sus primeros ensayos, intentó, sin mucho éxito, explicarla desde el campo del psicoanálisis. Tras su fracaso, dedicó su tiempo a estudiar los trastornos de la histeria y la neurosis, a la cual se refería como “un tipo de imbecilidad”.

Por el momento no se ha logrado aislar el gen que produce la imbecilidad, fundamentalmente porque la mayor parte de los investigadores están ocupados tratando de encontrar la cura para el Sida y el cáncer. Es de esperar que cuando se hayan podido erradicar estos flagelos, la comunidad científica tome conciencia y focalice sus energías en buscar la cura para la imbecilidad. Así, puedo soñar que mis hijos y los hijos de mis hijos puedan vivir en un mundo mejor, y no cometan los errores ridículos que yo cometo a cada rato. Como decir “no” cuando quiero decir “sí”.

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viernes, diciembre 29, 2006

Murieron varios personajes del cine este año. Robert Altman. Todos lo recordarán por M*A*S*H. Yo por The Player. Peliculón. Y por una de sus películas más extrañas: Brewster McCloud, una mezcla de farsa, policial, y documental de Animal Planet. Gosford Park estuvo bien, la vi en el cine en esa época, que tan lejana me parece ahora, en que efectivamente iba yo al cine. Cookie’s Fortune no estuvo bien. Incluso me pareció mejor Dr. T y las mujeres. No he visto la que dicen es su obra maestra, Short Cuts. Ya habrá tiempo. Una pena, en todo caso. Deben quedar alrededor de 3 directores valiosos en You-es-ei.

Y bueno, murió también Philipe Noiret. Cinema Paradiso. El abuelo de Cinema Paradiso. Hace años que no la veo. Si lo hiciera ahora mismo, probablemente lloraría, que es de lo único que me acuerdo que hice cuando la vi siendo un inocente pequeñín que empezaba a degustar el cine. Mi recuerdo más reciente de Noiret, sin embargo, es en Coup de Torchon, adaptación casi-super-buena de esa novela pulp notable de Jim Thompson, 1280 almas (ver cita de arriba). Tal vez habría disfrutado a concho la película si no hubiera leído el libro. Noiret es el inescrupuloso Cordies. En la película se trata de darle una dimensión más humana al personaje al incluir a la profesora de la cual se enamora, pero la verdad es que el hombre es un hijoputa con todas las letras (bueno, en esa novela todos son unos hijoputa, lo cual la hace tan brillante). Mención especial, eso sí le concedo, a la música. En este momento trato de acordarme de la melodía y no me sale, pero les aseguro que es increíble.

Otro que estiró la pata fue Glenn Ford, a quien conocí tardíamente, maldita manía de no haber vivido la época de oro de Hollywood. The Big Heat de Fritz Lang, donde tenía los dos cojones para ir amenazando y golpeando mafiosos con tal de resolver el asesinato de su esposa (aviso: eso fue un spoiler). La verdad es que en aquella época se aplaudía ese tipo de comportamiento por parte de un policía, pero hoy por hoy, ya sabemos, lo habrían dado de baja y los criminales saldrían por la puerta giratoria y seguirían, por consiguiente, asesinando esposas de policías entrometidos. Grandiosa película, actúan también Gloria Grahame y un joven Lee Marvin con el pelo no-blanco. Por el contrario, debo reconocer que de Gilda solo vi los últimos 15 minutos, que me bastaron para confirmar mi deseo de haber partido en 8 a Rita Hayworth. ¿Está bien decir eso de una muerta? No lo sé, pero ante el casi-striptease de Rita en Gilda y las faldas cortas que usa en ese musical que sería una mierda si no actuara-dirigiera Gene Kelly, Cover Girl (ambas películas de Charles Vidor, quien – lo acabo de averiguar – nada tiene que ver con King Vidor) no se puede hacer menos que aplaudir de pie esas piernas de muslos fibrosos y esas caderas que me la… El final de Gilda, en todo caso, me pareció bastante simplón. También pude ver a Ford como esforzado maestro en un problemático liceo municipal en Semilla de maldad (título harto más sensacionalista que el original, como es costumbre). Dirige el bueno de Richard Brooks y secunda en la actuación el bueno de Sidney Poitier, que, curiosamente, interpretará casi el mismo papel que Ford en Al Maestro con cariño, unos 10 años después. Y bueno, en esta película Ford se termina ganando la simpatía del cabroncete de Poitier y del resto del curso a punta de idealismo, no sin dejar K.O. a un par de traviesos chicuelos que intentan violar a una profesora. Angelitos.

Y quién iba a pensarlo hace un par de meses, también murió el hombre invitado a convertirse en una figura clásica del cine chileno. Por supuesto que me refiero a Augusto José Ramón. Nominado al Altazor por sus excelentes actuaciones, como en El caso Pinochet, también será recordado por su sólida interpretación de un viejo en silla de ruedas con Alzheimer y problemas al corazón. Aplausos. Se encuentra en etapa de preproducción el film inspirado en su vida y ya se están barajando varias opciones de casting; los más puristas apuestan por el recientemente revalorado (e inmediatamente olvidado otra vez) Jaime Vadell, mientras que las apuestas más seguras corren por el lado de Benjamín Vicuña, lo cual es una buena opción para acercar la figura de Su Altísima Bajeza Ex-Comandante en Jefe del Ejército a la población más joven del país, especialmente a niñas de entre 14 y 18 años. La película cubriría toda la vida Pinochet, desde su concepción hasta su muerte, omitiendo eso sí 17 años de su vida en que no se sabe muy bien qué pasó. Los productores del film pretenden, con este gesto reduccionista, invitar al hermanamiento de los chilenos, evitando así insensatas peleas políticas que pudieran derivar en aportes culturales. La importancia del casting es decisiva; ya se sabe que el rostro de un personaje histórico es recordado por la conciencia colectiva tomando como modelo al actor o actriz que lo interpreta en la pantalla grande: así, Cleopatra tiene inequívocamente el rostro de Liz Taylor, Jesús de Nazareth el de Robert Powell (el de Jesús de Nazareth), el General Patton el rostro de George C. Scott, Robin Hood el de Errol Flynn, Conde Drácula el de Bela Lugosi, y así sucesivamente. Porque no queremos que las generaciones venideras recuerden a Pinochet como la masa putrefacta que siempre fue, es imperativo reclutar un rostro bello y saludable para estampar en las portadas de los libros de Historia de Chile. Porque ya se sabe: lo que la Historia equivoca, el Cine lo corrige.

miércoles, noviembre 22, 2006

Cuando te ves sentado solo, frente a un pc que no funciona; en una oficina de corretaje de propiedades; con un calor del infierno y un sol que te pega una hora entera en la espalda por la mañana antes de desaparecer tras el edificio continuo, te quieres suicidar. Así, con ese ánimo, hay que atender un mínimo de 80 llamados telefónicos y 20 personas diarias, que en vivo y en directo presentan su show de sufrimiento al más puro estilo "hola Eli". Entonces, te empiezas a cuestionar y tratas de comprender "cómo diablos tu vida llegó a ese estado tan morboso", (sobre todo si hace una semana atrás estabas en la playa jugando a las cartas) y la comidilla existencial comienza con un delicioso plato de cochayullo caliente, empalagoso que en algún momento tiró a ser una albóndiga de densidad aceptable (como tu nueva pega), pero se volvió igual que un bolo alimenticio gigante, babeado y regurgitado: incomible. Al tercer día de dolores de cabeza, te acuerdas de todas las veces que has sido malvado, hasta los más mínimos detalles y el "purgatorio terrenal" no suena tan descabellado. Al cuarto día, no te acuerdas que se siente sin dolor de cabeza, entonces te empieza a doler la espalda. A la semana te brota el acné de la pubertad, empiezas a cometer errores, te enfermas de gripe asiática y así tienes buenas excusas para sentirte un fracasado.
Al comenzar una nueva semana, eres sólo un grito débil y desesperado intentando eludir en cámara lenta la angustia que viene volando como una bolsa sucia contra tu cara. Si no lo logras, escribes algo en algún blog.

jueves, septiembre 21, 2006

Odio mi infancia.

No es que haya sido una época particularmente difícil, pero no puedo encontrar un solo recuerdo que me haga vibrar de nostalgia o emocionar al punto del acojonamiento, y que me haga desear nunca haber crecido. Tal vez mi mala memoria no sea la mejor ayuda para esta tarea. Persisten, en todo caso, imágenes poco agradables, difusas, improbables.

La primera de ellas ni siquiera sé si ocurrió realmente. La memoria es frágil, se dice. Veo un mueble de dos metros que cae sobre mí. En esta imagen me veo muy pequeño aún, de 3 o 4 años. Como he mencionado, no tengo idea si esto sucedió, pero tampoco he consultado con mis padres sobre este hecho. Extrañamente, el mueble en cuestión aún está ahí, en el pasillo de mi casa, y ha estado en los pasillos de todas las casas en que he vivido, perdiendo cada vez más brillo, volviéndose cada vez más enclenque e inestable, añejándose, astillándose. Es probable que la próxima vez que pase por el corredor, el mueble se desplome sobre mi espalda de verdad.

Me alarmo al darme cuenta que el siguiente recuerdo en mi lista podría muy bien no haber sucedido tampoco. Al menos no con la brutalidad con la que yo lo conservo. Se trata de mí, en el Kinder Garten, que vendría a ser algo así como el “jardín de infantes”. (Ignoro el por qué de la adopción del término alemán para designar este nivel de aprendizaje preescolar). Vestíamos, los niños del Kinder, delantales rojos a cuadritos. Y uno de esos niños, un compañero de curso, me ahorca contra la reja. Pero bien podría haberme inventado esta imagen a medida que crecía. Nadie lo sabe ni podría llegar a saberlo. Cuando cursé un preuniversitario, luego de terminar el colegio, me encontré con el muchacho que supuestamente me ahorcó: Eric. Él me recordaba, a pesar de no habernos visto por más de una década. Nos hicimos bastante amigos durante el solo año que tomé este preuniversitario. Como es mi costumbre, nunca le pregunté si me había ahorcado un día de clases en Kinder. De todas maneras, pasado el año aquel, no volví a verlo.

No puedo sacar conclusiones muy concretas de estos hechos. Probablemente no haya ninguna que sacar. Tal vez debería haber escrito sobre mis amores frustrados de la niñez. Ahí sí que hay buen material de enseñanza. Constanza, Laura, Natalia...

Qué desperdicio de tinta. O de bytes, según se mire.