Odio mi infancia.
No es que haya sido una época particularmente difícil, pero no puedo encontrar un solo recuerdo que me haga vibrar de nostalgia o emocionar al punto del acojonamiento, y que me haga desear nunca haber crecido. Tal vez mi mala memoria no sea la mejor ayuda para esta tarea. Persisten, en todo caso, imágenes poco agradables, difusas, improbables.
La primera de ellas ni siquiera sé si ocurrió realmente. La memoria es frágil, se dice. Veo un mueble de dos metros que cae sobre mí. En esta imagen me veo muy pequeño aún, de 3 o 4 años. Como he mencionado, no tengo idea si esto sucedió, pero tampoco he consultado con mis padres sobre este hecho. Extrañamente, el mueble en cuestión aún está ahí, en el pasillo de mi casa, y ha estado en los pasillos de todas las casas en que he vivido, perdiendo cada vez más brillo, volviéndose cada vez más enclenque e inestable, añejándose, astillándose. Es probable que la próxima vez que pase por el corredor, el mueble se desplome sobre mi espalda de verdad.
Me alarmo al darme cuenta que el siguiente recuerdo en mi lista podría muy bien no haber sucedido tampoco. Al menos no con la brutalidad con la que yo lo conservo. Se trata de mí, en el Kinder Garten, que vendría a ser algo así como el “jardín de infantes”. (Ignoro el por qué de la adopción del término alemán para designar este nivel de aprendizaje preescolar). Vestíamos, los niños del Kinder, delantales rojos a cuadritos. Y uno de esos niños, un compañero de curso, me ahorca contra la reja. Pero bien podría haberme inventado esta imagen a medida que crecía. Nadie lo sabe ni podría llegar a saberlo. Cuando cursé un preuniversitario, luego de terminar el colegio, me encontré con el muchacho que supuestamente me ahorcó: Eric. Él me recordaba, a pesar de no habernos visto por más de una década. Nos hicimos bastante amigos durante el solo año que tomé este preuniversitario. Como es mi costumbre, nunca le pregunté si me había ahorcado un día de clases en Kinder. De todas maneras, pasado el año aquel, no volví a verlo.
No puedo sacar conclusiones muy concretas de estos hechos. Probablemente no haya ninguna que sacar. Tal vez debería haber escrito sobre mis amores frustrados de la niñez. Ahí sí que hay buen material de enseñanza. Constanza, Laura, Natalia...
Qué desperdicio de tinta. O de bytes, según se mire.
