Murieron varios personajes del cine este año. Robert Altman. Todos lo recordarán por M*A*S*H. Yo por The Player. Peliculón. Y por una de sus películas más extrañas: Brewster McCloud, una mezcla de farsa, policial, y documental de Animal Planet. Gosford Park estuvo bien, la vi en el cine en esa época, que tan lejana me parece ahora, en que efectivamente iba yo al cine. Cookie’s Fortune no estuvo bien. Incluso me pareció mejor Dr. T y las mujeres. No he visto la que dicen es su obra maestra, Short Cuts. Ya habrá tiempo. Una pena, en todo caso. Deben quedar alrededor de 3 directores valiosos en You-es-ei.
Y bueno, murió también Philipe Noiret. Cinema Paradiso. El abuelo de Cinema Paradiso. Hace años que no la veo. Si lo hiciera ahora mismo, probablemente lloraría, que es de lo único que me acuerdo que hice cuando la vi siendo un inocente pequeñín que empezaba a degustar el cine. Mi recuerdo más reciente de Noiret, sin embargo, es en Coup de Torchon, adaptación casi-super-buena de esa novela pulp notable de Jim Thompson, 1280 almas (ver cita de arriba). Tal vez habría disfrutado a concho la película si no hubiera leído el libro. Noiret es el inescrupuloso Cordies. En la película se trata de darle una dimensión más humana al personaje al incluir a la profesora de la cual se enamora, pero la verdad es que el hombre es un hijoputa con todas las letras (bueno, en esa novela todos son unos hijoputa, lo cual la hace tan brillante). Mención especial, eso sí le concedo, a la música. En este momento trato de acordarme de la melodía y no me sale, pero les aseguro que es increíble.
Otro que estiró la pata fue Glenn Ford, a quien conocí tardíamente, maldita manía de no haber vivido la época de oro de Hollywood. The Big Heat de Fritz Lang, donde tenía los dos cojones para ir amenazando y golpeando mafiosos con tal de resolver el asesinato de su esposa (aviso: eso fue un spoiler). La verdad es que en aquella época se aplaudía ese tipo de comportamiento por parte de un policía, pero hoy por hoy, ya sabemos, lo habrían dado de baja y los criminales saldrían por la puerta giratoria y seguirían, por consiguiente, asesinando esposas de policías entrometidos. Grandiosa película, actúan también Gloria Grahame y un joven Lee Marvin con el pelo no-blanco. Por el contrario, debo reconocer que de Gilda solo vi los últimos 15 minutos, que me bastaron para confirmar mi deseo de haber partido en
Y quién iba a pensarlo hace un par de meses, también murió el hombre invitado a convertirse en una figura clásica del cine chileno. Por supuesto que me refiero a Augusto José Ramón. Nominado al Altazor por sus excelentes actuaciones, como en El caso Pinochet, también será recordado por su sólida interpretación de un viejo en silla de ruedas con Alzheimer y problemas al corazón. Aplausos. Se encuentra en etapa de preproducción el film inspirado en su vida y ya se están barajando varias opciones de casting; los más puristas apuestan por el recientemente revalorado (e inmediatamente olvidado otra vez) Jaime Vadell, mientras que las apuestas más seguras corren por el lado de Benjamín Vicuña, lo cual es una buena opción para acercar la figura de Su Altísima Bajeza Ex-Comandante en Jefe del Ejército a la población más joven del país, especialmente a niñas de entre 14 y 18 años. La película cubriría toda la vida Pinochet, desde su concepción hasta su muerte, omitiendo eso sí 17 años de su vida en que no se sabe muy bien qué pasó. Los productores del film pretenden, con este gesto reduccionista, invitar al hermanamiento de los chilenos, evitando así insensatas peleas políticas que pudieran derivar en aportes culturales. La importancia del casting es decisiva; ya se sabe que el rostro de un personaje histórico es recordado por la conciencia colectiva tomando como modelo al actor o actriz que lo interpreta en la pantalla grande: así, Cleopatra tiene inequívocamente el rostro de Liz Taylor, Jesús de Nazareth el de Robert Powell (el de Jesús de Nazareth), el General Patton el rostro de George C. Scott, Robin Hood el de Errol Flynn, Conde Drácula el de Bela Lugosi, y así sucesivamente. Porque no queremos que las generaciones venideras recuerden a Pinochet como la masa putrefacta que siempre fue, es imperativo reclutar un rostro bello y saludable para estampar en las portadas de los libros de Historia de Chile. Porque ya se sabe: lo que
