viernes, febrero 02, 2007

Decididamente, no sé aprovechar las buenas oportunidades cuando las tengo frente a mí. Sé reconocerlas, pero hay una razón que explica por qué sigo escapando de ellas: es porque soy un imbécil. ¿Y qué es un imbécil? Veamos, pues, qué dice el Diccionario de la Santa Real Academia Española de la Lengua Española:

imbécil. (Del lat. imbecillis). 1. adj. Alelado, escaso de razón. 2. adj. p. us. Flaco, débil.

Helo ahí. Soy un imbécil en el amplio sentido de la palabra. Excepto por lo de flaco. Eso no lo soy. Fui flaco durante mucho tiempo varios años atrás, por lo que tengo el consuelo de saber que probablemente ahora soy menos imbécil de lo que era antes. Bravo. Ahora soy un gordo imbécil, permítaseme el contrasentido. También puedo consolarme en el hecho de que no soy el primer imbécil que camina por la faz de la tierra. Eso lo sé porque, como indica la definición diccionárica, la palabra imbécil viene del latín, lo cual me lleva a la suposición de que en tiempos de los antiguos romanos existió algún sujeto de razonamiento tan lamentable, que su círculo social hubo de inventar una palabra en particular para referirse a él y a su ridículo proceder. Pobre hombre, aquél.

Ahora bien, los estudios científicos a partir de la segunda mitad del siglo pasado han sacado a la luz algunos datos que se han vuelto fundamentales para entender la imbecilidad. Primero, se ha determinado que se trata de un defecto genético, lo que echa definitivamente por tierra la creencia antigua (proveniente de los romanos) de que se trata de una enfermedad contagiosa. De ahí que haya hoy mayor conciencia respecto al trato que se le da al imbécil, permitiéndosele que participe activamente en la sociedad, que pueda estudiar y trabajar, e incluso que forme una familia, aún bajo el riesgo de que sus hijos hereden el defecto. Un dato curioso es que podemos encontrar hoy en día algunos imbéciles que se han dedicado a la labor artística, lo que explica el bajo índice de natalidad de genios del arte, en contraste con épocas fructíferas como el Renacimiento. Un segundo dato relevante es que la imbecilidad se da en mayor medida en los hombres que en las mujeres, a la vez que se ha podido comprobar que existen distintos niveles de intensidad del defecto.

La filosofía tampoco escapa de un tema tan fundamental como este. La famosa “Paradoja del imbécil”, planteada en el siglo XVII por Descartes (“¿Por qué un imbécil no aprovecha las oportunidades que se le presentan? Pues porque es un imbécil”) es una muestra de la dificultad que implica tratar con la imbecilidad. Sigmund Freud, en sus primeros ensayos, intentó, sin mucho éxito, explicarla desde el campo del psicoanálisis. Tras su fracaso, dedicó su tiempo a estudiar los trastornos de la histeria y la neurosis, a la cual se refería como “un tipo de imbecilidad”.

Por el momento no se ha logrado aislar el gen que produce la imbecilidad, fundamentalmente porque la mayor parte de los investigadores están ocupados tratando de encontrar la cura para el Sida y el cáncer. Es de esperar que cuando se hayan podido erradicar estos flagelos, la comunidad científica tome conciencia y focalice sus energías en buscar la cura para la imbecilidad. Así, puedo soñar que mis hijos y los hijos de mis hijos puedan vivir en un mundo mejor, y no cometan los errores ridículos que yo cometo a cada rato. Como decir “no” cuando quiero decir “sí”.

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